Galápagos sapiens – Por qué las Islas Galápagos son especiales?


Yate La Pinta y kayaks en Isla Floreana

Las Galápagos son un archipiélago de islas e islotes volcánicos que se alzan desde el fondo del Océano Pacífico a 1000 kilómetros (600 millas) al este del Ecuador.  En un globo terráqueo o en mapas de Google se las ve como unas cuantas pecas en la mejilla del océano, extrañas y totalmente inesperadas.  Emergieron del océano solamente ayer, en tiempo geológico, creadas por una grieta en la corteza terrestre entre dos placas tectónicas, lo que en la ciencia se conoce como un punto caliente volcánico.  Un punto muy caliente.

Las Galápagos son especiales porque nunca han estado conectadas con el continente.

La flora y fauna que arribó a las costas de las islas –por cierto, antes de cualquier intervención del hombre- primero debían sobrevivir a cientos de millas de océano.  Casí ningún mamífero logró completar el viaje.  Durante millones de años, solo una pequeña rata lo logró.  Los reyes de la fauna de las Galápagos son los reptiles.  Y cómo llegaron aquí?  Fueron arrastrados desde las orillas de los ríos en el continente por crecidas súbitas, y flotaron sobre balsas de vegetación empujadas al capricho de las corrientes  marinas durante semanas, para finalmente desembarcar, fortuitamente fecundada.

Durante millones de años, estos reptiles, y muchas de las aves marinas que también se posaron en estas islas volcánicas, se adaptaron a su ambiente.  En palabras de Charles Darwin – es el subtítulo de la primera edición de El Origen de las Especies – su supervivencia siguió el principio de “La Preservación de las Razas Favorecidas en la Lucha por la Vida”.

Iguanas marinas calentandose

Así, una tortuga que comenzó siendo un tantito mayor que su pie, creció hasta el tamaño de un niño de seis años; un cormorante se olvidó de volar, ya que tenía la ventaja de obtener su alimento buceando en vez de volando; una especie de pinzón llegó y se adaptó tan bien a su ambiente que hoy hay 13 especies; y una mutación de iguana terrestre cuyos hijos eran buenos nadadores prosperó y se repordujo, creando una iguana marina, única de estas islas. La flora también mutó y se adaptó. El árbol de escalesia, por ejemplo, que llega a alturas de 10 metros en la parte alta de algunas islas, es de la misma familia de los girasoles.

Las Galápagos son especiales porque las islas son un laboratorio viviente de evolucíón.

Los animales de Galápagos evolucionaron y se desarrollaron en aislamiento durante milenios. A pesar de que las islas fueron descubiertas por el Obispo de Panamá –cuando su embarcación fue llevada fuera de curso por las corrientes- a mediados de los 1500s, no fue sino hasta el siglo 19 que el hombre se fijó en estas ‘islas encantadas’. De hecho, los marineros las detestaban. Las ‘encantadas’ de los folletos turísticos, para ellos significaba ‘embrujadas’. Cubiertas por la bruma de la garúa durante la mitad del año, negras y amenazantes, ocasionalmente lanzando fuego volcánico, y con muy pocas fuentes de agua fresca, ningún marinero que se precie querría pasar ni un día en el archipiélago.

Pero el negocio de los balleneros cambió este panorama. La Corriente de Humboldt que acarrea nutrientes hacia el norte desde los frígidos mares de la Antártida, atrae a grandes escuelas de peces y cetáceos. Para los balleneros, que vendían el aceite de ballena a los ciudadanos de las florecientes ciudad de Norteamérica y Europa, la fama de Galápagos creció tanto como la de San Francisco, California, durante la fiebre del oro.

Los balleneros causaron estragos en los ecosistemas de las islas. Soltaron allí a animales domésticos para uso futuro, cortaron bosques para usarlos como combustible para quemar la grasa de ballena y se llevaron cientos de miles de tortugas gigantes, de cuya carne fresca se nutrirían durante sus largos viajes por el mar. Las tortugas eran apiladas como carga, hasta cinco, una encima de otra, en las bodegas de los barcos, y podían vivir hasta tres meses sin agua.

Sin embargo, estos tristes eventos palidecen cuando se los compara con la depredación del hombre, durante milenios, del ambiente de América del Sur. Luego de solo unos pocos miles de años luego de que el homo sapiens cruzara el Estrecho de Bering, todos los grandes animales terrestres del continente (con un par de excepciones) habían sido exterminados. Los sobrevivientes desarrollaron un miedo innato al hombre. Los animales terrestres le huían. Las aves volaban por su vida. Este es el mundo como lo conocemos ahora; la relación con el mundo natural que hemos llegado a aceptar.

Las Galápagos son especiales porque no animales no le temen al hombre.

Piquero de patas azules

Afortunadamente, entre el arribo de los balleneros y la creación del Parque Nacional Galápagos en 1959, las criaturas de las islas no desarrollaron la característica congénita o hereditaria de temer al hombre. No nos consideran un depredador o causa de alarma – ni siquiera se molestan en, subrepticiamente, hacerse a un lado para dejarnos pasar. Esto se debe, en gran parte, al hecho de que no hay carnívoros grandes en las Islas – el Gavilán de Galápagos es el mayor depredador. Al contrario, cuando uno explora un sitio de visita en las Galápagos, debe tener cuidado de no atropellar a una familia de iguanas marinas que se asolea, de no pisar el nido de un piquero de patas azules o tropezar con un lobo marino.

En Galápagos, los animales están dichosamente ignorantes de que solo a pocos cientos de millas de distancia, sus parientes pueden ser apaleados, degollados, desplumados, despellejados, hervidos con algunas patatas, o vendidos por algún humano más rápido de lo que se puede decir biología evolutiva.

Las Galápagos no son solamente el “origen del Origen de las Especies”, sino que son uno de los pocos lugares del planeta donde puede observar a estas especies cuando desee, confortablemente, con suficiente tiempo para poder contemplar sus notables características, y reflexionar sobre nuestro lugar en el gran árbol de la vida: darnos cuenta de que somos solo una ramita al final de una rama de este árbol; reflexionar sobre nuestra responsabilidad hacia ese árbol; entender que no tenemos más derecho a estar en su copa que cualquier otra criatura.

Tropic bird

Compartir el tiempo con las criaturas de Galápagos es un oportunidad privilegiada para la reflexión. Durante este viaje, me sumergí en el mar, para jugar dando vueltas y giros, con un joven lobo marino, una y otra vez, entre salidas a tomar aire. Me senté a observar a las iguanas terrestres, pequeños dragones, debajo de los cactos. Me paré al borde de un acantilado, contra el viento, para observar a las aves tropicales, pelícanos, piqueros, gaviotas de lava y petreles surcar las corrientes de aire sobre un mar plateado brilloso. Y ninguna de las aves se fijó en mi para nada.

Las Galápagos son especiales porque nosotros, con nuestra sabiduría, hemos decidido protegerlas tal como son. Ojalá durante mucho tiempo continuemos siendo tan sapiens.


Por Dominic Hamilton, Head of Communication, dhamilton AT metropolitan-touring.com

Para explorar las Islas Galapagos con Metropolitan Touring, ver http://www.metropolitantouring.com/GalapagosIslandsTours/

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